
Había una larga lista de eventos sociales a los que debía asistir. Quizá debía buscarse a una chica corriente y hacerse unas fotos, aunque sólo fuera para contentar a Kiefer.
Alguien llamó a la puerta.
– ¿Sí, Henri?
La puerta se abrió parcialmente.
– Soy Charlotte.
Alec suspiró y se puso en pie.
– Entra.
Charlotte cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella. Estaba espectacular con un espléndido vestido dorado de finos tirantes.
– Van a reparar el camino de la entrada.
El rodeó el escritorio que los separaba y fue hacia ella.
– No se trataba del camino.
Ella asintió con la cabeza.
– De todos modos… Lo han roto y lo van a reparar.
– Por lo visto has estado haciendo tu trabajo esta tarde.
– Sí.
– Te lo agradezco.
– Era parte del trato.
– Estaba enfadado porque no aparecías por ninguna parte -le dijo él, acercándose un poco más.
A cada paso que daba ella se volvía cada vez más preciosa.
– He estado aquí todos los días.
– Con Raine siguiéndote a todas partes. ¿Dónde está, por cierto?
– Tenía que hacer algo con Kiefer.
– ¿En el despacho?
Charlotte asintió.
Alec se detuvo delante de ella.
– ¿Y Jack?
– En el hotel. Con el equipo.
Alec deslizó la punta del pulgar sobre el fino tejido de su vestido y en ese instante Tokio se esfumó de su mente. Todo aquel resplandor provenía de miles de cintas, cuentas y lentejuelas radiantes. Tenía doble costura en el bajo y era perfecto para bailar.
Sus hermosas y largas piernas lucían espléndidas, llevaba unas flamantes sandalias doradas y los aros de oro que llevaba en las orejas resaltaban su melena rubia.
