– Ya sabes -le dijo suavemente-. Todos nos hemos equivocado.

Ella ladeó la cabeza como si quisiera entenderle.

– No deberías haberte ido así. Y yo no debería haberte gritado. Y Jack debería haberme parado los pies.

Charlotte sonrió.

– Jack cree que estás loco.

– Tiene que aprender a ser tu hermano.

– Sólo espero que eso no implique muchas peleas.

Alec la agarró de la cintura. La rugosa textura del traje le hizo cosquillas en las palmas de las manos.

– Te he echado de menos -admitió Alec.

Ella cerró los ojos un momento.

– ¿Ya estamos en el lado complicado de las cosas?

– Tal y como yo lo veo, es muy sencillo -Alec contempló sus inmaculados hombros, delicadamente adornados por los finos tirantes del vestido.

Era tan fácil deslizar uno de ellos sobre la deliciosa curva de su brazo y besar su aromática piel…

– Estás maravillosa -le dijo-. No puedo dejar de tocarte. Y ahora estamos solos.

Metió el dedo índice por debajo de uno de los tirantes y empezó a deslizarlo adelante y atrás.

– ¿Qué podría ser más sencillo que eso?

– Yo he venido a hablar de tus expectativas.

El sonrió.

– Espero que no te lleves una decepción.

– Quiero decir, mi trabajo. La película. No quiero volver a defraudarte.

– Olvídalo.

Ella intentó descifrar la expresión de su rostro.

– No sé qué quiere decir eso.

– Quiere decir que no me enfadé a causa de lo de la entrada, ni tampoco porque te lo pasaras bien con Raine. Me enfadé porque no estabas en mi cama. Y ésa no es razón para enfadarse.

Ella se quedó de piedra, conteniendo la respiración.

Alec apretó la mano que tenía sobre su espalda y tiró de ella. Inclinó la cabeza, entreabrió los labios y recibió los de Charlotte con fervor.

La última vez todo había ocurrido demasiado deprisa. El se había comportado como un adolescente y ni siquiera se había tomado el tiempo suficiente para saborearla, para conquistar su boca como lo hacía un francés de pura cepa.



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