Albergaba la esperanza de no tener que pedírselo directamente, pero tampoco estaba en posición de escoger.

– Me gustaría comentarte algo -le dijo, respirando profundamente.

Los ojos de Alec brillaron repentinamente y en sus labios se dibujó una cínica sonrisa.

– Entra -le dijo, invitándola a pasar con un gesto.

Ella titubeó un momento y entonces entró en el recibidor.

– Esta noche vamos a disfrutar de una cena informal -le dijo-. La pissaladiére. Y traeré una botella de Montcalm Maison Inouï de 1996 de la bodega.

– No se trata de esa clase de reunión -le advirtió Charlotte, dándose la vuelta para mirarle de frente.

Los exquisitos caldos de los viñedos Montcalm no la harían caer en su cama.

– Estás en la Provenza. Aquí todas las reuniones son así.

Charlotte parpadeó para adaptar la vista a la luz del interior.

– Esto son negocios.

– Entiendo -dijo él, sin cambiar la expresión de la cara.

– ¿En serio?

– Absolument.

Charlotte no le creyó ni por un instante. Sin embargo, no tenía otra elección sino quedarse a la cena. Jack necesitaba conseguir esa localización para el rodaje y ella necesitaba probar su valía ante los Hudson.

No podía dejar escapar la oportunidad.


Alec también tenía otra oportunidad. Después de tres largos años la hermosa mujer que había conocido aquel día en la pista de baile estaba en la cocina de su propia casa, más radiante que nunca. Si hubiera sabido que la amiga de Charlotte y aquella misteriosa joven eran la misma persona, habría propiciado el encuentro muchísimo antes. Pero era bueno tener paciencia.

Mientras contemplaba sus ojos azul transparente y su piel de porcelana, se alegró de haber esperado tanto.

Oscuras pestañas, labios turgentes y un cuello delicado y estilizado que lucía un pequeño diamante que hablaba de distinción y no de vulgar ostentación. La falda del traje se le ceñía como un guante y realzaba la curva de su diminuta cintura, sus caderas y aquellas piernas interminables y sensuales.



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