
– ¿Cuántos años tenía Jack entonces?
– Nueve. Pero parecía muy seguro de sí mismo y responsable. El me daba de comer, me leía cuentos por la noche… -sonrió al recordar aquellos momentos dulces.
– Y entonces te abandonó.
– No, no lo hizo -ella sabía muy bien que no había sido culpa de Jack-. Pero durante muchos años esperé que viniera a buscarme. No sé qué se me pasó por la cabeza. Creía que podríamos vivir solos y mantenernos aunque sólo fuéramos unos niños. Es absurdo, ¿verdad?
Alec estiró la manta y la arropó con ella.
– Sólo eras una niña pequeña.
– Una niña a la que le llevó mucho tiempo despertar y afrontar la cruda realidad.
– ¿Crees que estás enfadada con él?
Ella sacudió la cabeza.
– Lo echaba de menos. Eso es todo.
«Y lo sigo echando de menos», pensó. Necesitaba un hermano, no un amigo, o un conocido.
– Háblame de ti y de Raine -Charlotte sabía que debía volver a su habitación antes de que regresaran todos, pero no tenía ganas de irse. No quería que todo terminara tan deprisa-. ¿Tú cuidabas de ella? ¿Le gastabas bromas? ¿Os rebelabais contra vuestros padres?
Alec se echó a reír.
– Yo era la peor pesadilla de Raine.
Un ruido ensordecedor sacudió la mansión y llamaradas de color naranja iluminaron los cielos. Alec se arrojó encima de Charlotte para protegerla.
– ¿Qué demonios…? -masculló, mirando hacia la ventana.
Charlotte parpadeó al ver el fuego. Un espeso humo ascendía hacia el cielo.
– ¿Te encuentras bien? -le preguntó él.
Le pitaban los oídos, pero aparte de eso se encontraba bien.
Alec saltó de la cama, fue hacia la ventana y se puso los pantalones rápidamente.
– ¡Uno de los camiones está ardiendo!
– ¿Ha explotado? -Charlotte se levantó de la cama y buscó su ropa.
Alec marcó el número de emergencias en el móvil y fue hacia la puerta del dormitorio.
