El tráiler siniestrado había quedado reducido a un montón de chatarra chamuscada, pero el resto de camiones seguía en pie, y también el cobertizo. El jardín estaba arruinado y las jardineras cercanas se habían quemado.

Charlotte sintió un hueco en el estómago. Ella era la causante de todo.

– No me lo puedo creer -dijo.

– Estas cosas pasan -respondió Raine, mirando alrededor.

El hombre que transportaba la camilla se detuvo ante ellos.

– ¿Ha habido algún muerto? -le preguntó la ATS.

El otro médico sacudió la cabeza.

– Parece que había tres personas en el tráiler, pero todos salieron. Uno tiene un brazo roto. Otro sufre una conmoción. Y hay algunas quemaduras superficiales. Y éste -señaló al hombre al que estaban atendiendo, que seguía inconsciente en el porche.

– Necesitará que le den algunos puntos. Deberíamos tomarle la tensión.

Los dos médicos contaron hasta tres y subieron al hombre a la camilla.

– Estará bien -afirmó la ATS mientras le ponía las correas de seguridad.

– Gracias -dijo Charlotte.

– No es culpa tuya -dijo Ruine mientras se llevaban al hombre.

– Yo le prometí a tu hermano que nada saldría mal.

– ¿Y acaso provocaste la explosión?

– No.

– Entonces, Alec lo entenderá.

Charlotte vio a Alec entre la gente. Estaba charlando con el jefe de bomberos, gesticulando y hablando frenéticamente.

– Podemos replantar las flores -dijo Raine, intentando poner una nota positiva-. Quitaremos todos los escombros.

– Deberías echarme -comentó Charlotte, suspirando. No quería ser el objeto de la furia de Alec, sobre todo después de lo que había ocurrido entre ellos.

– Eres voluntaria -dijo Raine-. Creo que no podemos echarte.

– ¿Crees que rescindirá el contrato?

Un enjambre de mariposas empezó a revolotear en el estómago de Charlotte cuando Alec fue hacia ellas. Su mirada tenía un matiz implacable y su boca era una línea rígida.



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