
Charlotte se encogió por dentro. Ella sabía muy bien que Alec no quería molestar a sus empleados más de la cuenta.
– No creo que sea necesario echar a nadie -dijo Alec, mirando a Lars-. A mí me parece que van a necesitar toda la ayuda posible.
Los tres miembros del equipo se quedaron de piedra y Lars se puso rojo como un tomate.
– Y a mí me parece que usted no debería opinar.
– Ha sido mi jardín el que se ha quemado-dijo Alec-. Y no quiero que se convierta en un set de rodaje de forma permanente.
– Hay que seguir adelante -intervino Jack, dándole la razón a Alec-. A veces ocurren accidentes.
Esa era la primera vez que Charlotte veía tomar las riendas a su hermano; algo inesperado en él.
De pronto Alec advirtió su presencia tras la puerta. Sonrió y la invitó a entrar.
– ¿Y el equipo de construcción? -preguntó Kiefer.
– Si podemos contar con ellos -dijo Alec, señalando una silla a su lado.
Charlotte tomó asiento donde le había indicado.
– Mándame la factura -le dijo Jack a Kiefer.
Kiefer asintió.
Lars guardó silencio y apretó con fuerza la mandíbula.
– Si cambiamos el orden de rodaje de las escenas treinta y cinco y dieciséis, podemos ganar algo de tiempo -dijo uno de los miembros del equipo, consultando la programación del rodaja
– ¿Puedes traer a los extras mañana? -preguntó Jack.
– Claro -respondió el hombre, haciendo una anotación.
– El editor no ha terminado todavía con la escena treinta y cinco -dijo Lars.
– Pues tiene ocho horas para terminarlo -replicó Jack.
– Imposible -objetó Lars.
– ¿Quieres discutirlo con David mañana? -preguntó Jack en un tono cortante-. No estoy dispuesto a decirle a un hombre que viene de hacer cine independiente con un presupuesto muy bajo que nuestro editor es un divo mimado.
Alec se inclinó hacia Charlotte y le susurró al oído:
