
– Me parece que Jack lo tiene todo bajo control.
Ella trató de no sonreír. Siempre había asumido que su hermano era una persona pusilánime, de poca iniciativa. Sin embargo, parecía que se había equivocado completamente.
– ¿Charlotte? -dijo Raine desde la puerta.
Charlotte se apartó de Alec de inmediato.
– Te estaba buscando -le dijo a su amiga, poniéndose en pie y yendo a su encuentro-. Esperaba tomarme una copa de brandy -le dijo en un tono bajo.
– Ven por aquí -le dijo Raine, señalando la cocina.
Todavía llevaba una ceñida falda negra con un top de color púrpura y Charlotte no pudo evitar preguntarse qué había estado haciendo durante la última media hora.
Se sentó frente a la mesa del desayuno mientras Raine rebuscaba en una estantería. La ventana daba al este y los destrozos del jardín no eran visibles desde esa perspectiva. Había luna llena y múltiples estrellas brillaban en el firmamento. Pequeñas farolas iluminaban algunas de las sendas del jardín posterior y a lo lejos se divisaba la piscina, más allá de unos arbustos de adelfas.
– Sé que yo tampoco seré capaz de dormir -dijo Raine, sentándose enfrente de Charlotte.
Sacó una botella de coñac y dos copas de fino cristal.
– Me alegro mucho de que nadie resultara herido de gravedad -comentó Charlotte.
– Bueno, el Alec de hoy se parecía mucho más al de siempre -le dijo Raine, sirviendo las bebidas.
– Se lo tomó muy bien -admitió Charlotte, pensando que las dos horas de sexo ardiente que habían pasado esa tarde debían de haber moderado su temperamento-. ¿Y qué estuviste haciendo con Kiefer?
– Estamos renovando las oficinas principales de Toulouse. El arquitecto quería cambiar la configuración de mi despacho.
– ¿Y el problema es…?
Raine sonrió.
– Nada, en realidad. Pero no se lo digas a Kiefer.
– ¿Se lo estás poniendo difícil?
Raine asintió.
– ¿Sólo por diversión? -Charlotte bebió un sorbo de coñac.
