– Por supuesto. La vida es demasiado fácil para Kiefer.

– ¿Y para ti no?

Raine arrugó el ceño.

– No es lo mismo. Yo no tengo a todas las mujeres de Francia rendidas a mis pies.

– Pero tú eres su jefa.

– ¡Ha! Me encantaría oírte decir eso con él en la habitación.

– ¿Decir el qué cuando yo esté en la habitación? -preguntó Kiefer, apareciendo de repente.

Charlotte le dirigió a Raine una mirada azorada, sin saber qué decir.

– Adelante -dijo su amiga, riendo-. Venga, díselo.

Charlotte se aclaró la garganta.

– Que ella es tu jefa.

Kiefer soltó una risotada.

– No lo será hasta que sea capaz de entender un informe financiero, redactar un contrato o desafiarme en una pelea.

– Pero soy la dueña del cincuenta por ciento de la corporación Montcalm.

– Los dos sabemos que eso es sólo un simbolismo -le dijo él, mirando la botella de coñac y sacando una copa de la estantería.

– ¿Ves con lo que tengo que lidiar cada día? -le preguntó Raine a Charlotte.

– ¿Tienes autoridad real? -le preguntó Charlotte, poniéndose de parte de ella.

– Claro que sí.

– Pero Alec es el director general -apuntó Kiefer-. Y no tengo ningún problema con rendirle cuentas a él.

– No sé, Kiefer -dijo Charlotte, provocándole-. Si ella te firma los cheques, entonces creo que trabajas para ella.

Kiefer se sirvió una copa.

– Cuando tenga poder para echarme, entonces empezaré a preocuparme.

– Estás despedido -dijo Raine.

Kiefer se echó a reír y levantó la copa, proponiendo un brindis.

– ¿Por qué no sigues publicando esas fotos tan estupendas y dejas que me ocupe de las cosas importantes, cielo?

Los ojos de Raine escupieron fuego.

– Aquí es imposible tener algo de respeto. A ver qué piensas cuando termine la carrera -dijo, poniéndose en pie.



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