Alec descorchó la botella de vino. Maison Inouï era el sello enológico de la familia y las ocasiones especiales, como ésa, merecían las mejores cosechas.

Buscó en una estantería superior y sacó un par de copas de vino.

Después de mirar a su alrededor con curiosidad, Charlotte se detuvo en medio de la habitación.

El le señaló uno de los taburetes sin respaldo que estaban al otro lado de la barra americana.

– Siéntate.

Charlotte vaciló un instante y entonces se sentó.

El le puso una copa de vino sobre la mesa.

– Gracias -dijo ella.

Alec recordaba muy bien aquella expresión enigmática; un escudo de formalidad bajo el que debía de ocultarse una rebelde luchadora que se revolvía bajo las ataduras del decoro. Había intentado poner a prueba la teoría aquel día en Roma, pero el viejo embajador le había parado los pies y no había tenido más remedio que olvidar la decepción que se había llevado en los brazos de otras mujeres, que iban y venían rápidamente como pajarillos en un día de primavera.

Levantó la copa de vino y bebió un pequeño sorbo, deleitándose con el profundo sabor añejo del mejor caldo francés.

A veces un hombre conseguía una segunda oportunidad y ésa era la suya.

El vino estaba delicioso, así que rellenó la copa.

Charlotte probó el suyo y su mirada no dejó lugar a dudas.

– Muy bueno -le dijo con respeto.

– Es de nuestros viñedos de Burdeos.

– Impresionante.

El sonrió.

– La pissaladière -dijo, sacando un bol de metal de debajo de la encimera. Buscó harina, levadura, azúcar y aceite de oliva.

Charlotte le observó con asombro.

– ¿Sabes cocinar?

– Por supuesto -echó algo de azúcar en el bol, añadió la levadura y un poquito de agua.



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