
– ¿Tú te haces tu propia comida? -preguntó Charlotte, visiblemente sorprendida.
– A veces -señaló la copa de ella-. Disfruta. Relájate. ¿De qué querías hablarme?
Aquella imitación la hizo volver a la realidad. Bebió un poco más de vino.
Intenso, interesante…
– Es un vino exquisito -comentó.
– Aplaudo tu buen gusto, mademoiselle -le dijo él con franqueza. Entonces sacó una pesada sartén y echó aceite de oliva en el fondo.
– ¿Llevas mucho tiempo viviendo aquí? -preguntó ella, mirando fijamente su propia copa de vino y acariciando el borde con la punta del dedo.
El la observó un instante.
– Nací aquí.
– ¿En la Provenza o en esta casa?
– En el hospital de Castres.
– Oh -dijo Charlotte y guardó silencio.
– ¿Es eso lo que querías preguntarme?
– No exactamente -se mordió el labio inferior-. Mi familia… los Hudson… hacen películas.
– ¡No me digas! -exclamó él en un tono irónico.
– En América son muy famosos, pero no estaba segura de que aquí…
– Eres demasiado modesta.
– No es que haya tenido nada que ver con eso -se echó el pelo hacia atrás sin dejar de mirar la copa de vino-. Están haciendo una nueva película.
– ¿Una sola?
Charlotte levantó la vista.
– Una muy especial.
– Ya veo.
– Yo no… -miró a su alrededor.
Alec dejó a un lado el cuchillo.
– ¿Es más fácil dando tantos rodeos?
– Yo no… -Charlotte lo miró a los ojos y suspiró-. En realidad, esperaba poder hablar con Raine.
– Siento que no hayas podido.
– No tanto como yo -Charlotte se dio cuenta de lo que había dicho e intentó rectificar-. No quería decir eso.
Alec podría haberse echado a reír en su cara de no haberla visto tan seria.
– Entiendo -dijo finalmente-. ¿Es que has roto con tu novio? -le preguntó en un tono ligero.
– No. No es eso.
– ¿Tengo alguna posibilidad de adivinarlo?
