
– Me suena esto de Pigalle -fue todo lo que comentó Mía, cuando le echó una ojeadita al papelito, con la sonrisa pertinentemente agradecida y un Merci beaucoup, madame… Et bonsoir, madame, merci.
Luego hizo feliz con la propina a un cargador parisino, por primera y última vez en esta vida, y se empinó y alargó integérrima a la izquierda (como Rafael Dulanto, cuando la imitó en una embajada banana), aunque por completo inútilmente, en vista de que el suyo era ya el primer lugar en la cola y el taxi que tenía a sus pies era también el primero en la cola de taxis y el suyo, jeune fille.
Y, como momentos antes la señora de la ventanilla Información-París, el viejo taxista, que de todo había visto en esta vida de conductor by night, et à Paris on voit des ces choses, merde, casi se muere de pena cuando la jeune fille, tan pecosita y jovencita y ojos verdes y flaquita, le dijo que sí, con pertinentísima insistencia y trocito de sonrisa amable, que cualquiera de esas nueve direcciones le convenían perfectamente, y que así se lo habían enseñado a ella en sus largos años de internado suizo.
O sea que ya muerto de pena, la dejó el viejo taxista, que hasta esta noche habría jurado que ya lo había visto todo en esta vida, porque eso de internado le resultó ser una forma muy cruel y eufemística de referirse al pan y al vino con nada menos que una muy pecaminosa dirección, en la que acababa de depositar diríase que a un ángel tan femenino y delgaducho y pelirrojo y niñita…
– Eh oui, on finit jamais d'apprendre, a Paris, merde… Et on aura tout vu… Et vaut mieux prendre sa retraite… Ah, merde, ça oui, et ce soir même, que je te dis -le concluyó, al cabo de un rato, el conductor nocturno a su esposa, muriéndose de pena mientras le pedía otro aguardiente muy seco y sus pantuflas para siempre, putain.
