Y, aunque dice que exagero, pero que, en fin, ella entiende que así es la libertad en el arte, Fernanda Mía nunca ha negado por completo, digamos, el contenido de aquella extensísima canción-protesta, con música e ideas mías pero con experiencias y letra suyas (el disco se vendió bastante bien en España y México, sobre todo, y repartimos ingresos que, en más de una oportunidad, a Mía la ayudaron una pizquita en sus mudanzas mil), según la cual tardó, de puro decente y burguesita podrida y niña bien tenía que ser, íntegra una semana en darse cuenta del lugar tan dramático en que se había metido, algo así como una mezcla de Ejército de Salvación, burdel arrepentido ma non troppo, Amnistía Internacional, y Centro No Lucrativo de Rehabilitación Juvenil La Recaída. Y ya empezaba a llenarse de amigas bastante exageradas en el vestir y pintarrajearse, esto sí que es verdad, Juan Manuel, cuando a la que peor gusto tenía de todas, a la más pintamonos, pobrecita, con lo buena que era en el fondo, se le descubrió tremenda recaída en lo prohibido y en plena Résidence de jeunes filles, nada menos, donde había montado toda una trata femenina de blancas para fetichistas de la recaída clandestina, con pías oraciones y todo. Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, recién entonces, pensó que tal vez no sería mala idea llamar a su embajada y consultar, por un si acaso.

La sacaron de las orejas, por supuesto, y fue el propio Rafael Dulanto quien, por orden de su señor embajador, y con la más estricta reserva diplomático-policial, se encargó de recoger el equipaje de Fernanda María y de dejarla comodísimamente instalada en la residencia de la embajada, donde la señora embajadora lloró de pena y todo por los padres de Fernanda María, gente tan como nosotros, como debe ser,



13 из 198