
Pocas semanas después, Fernanda María resultó ser tan buena e inteligente y hacendosa, y haber estado tan pero tan equivocada, que el todo París centroamericano ya sabía la historia de la señorita del Monte Montes, en todo tipo de versiones e interpretaciones, pero siempre con felicísimo final de perdices mil, como en unas Mil y una noches, pero tan expurgaditas todas ya que tuvo que ser la propia Fernanda María la que les devolvió lo que de tremendo tuvieron sus siete noches entre el bien y el mal, con toditita su sal y su pimienta, para que fuera asimismo tremendamente divertido el asunto aquel tan feo en que se vio envuelta, de puro imbécil que la dejan a una esas buenas educaciones.
«Aunque ponga usted Fernanda del Monte, y punto, señor. Y aquí entre usted y yo, dejémonos ya de tanta joda de María de la Trinidad, de nombre, y de apellidos del Monte Montes, para colmo de males, porque así es la gente allá en mi pueblo, y a mucha honra, aunque aquí estamos en otro pueblo y yo lo que necesito es que mi nombre quepa en algún formulario…» A medio mundo le repetía esto Mía, mientras buscaba trabajo en cinco idiomas leídos y hablados que ni se nota cuál no es el suyo. Y todo el mundo quedaba como encantado de la vida con lo pelirroja y ojos verdes y narizudita linda que era la flaquita pecosa y tan despierta y vivaracha. ¿Qué era lo que buscaba exactamente Fernanda del Monte y punto, laboralmente? Pues cualquier cosa en la que pudiera ser muy útil y tomarse su tiempito libre para ir convalidando sus diplomas suizos y estudiar arquitectura pero sin costarle un centavo más a nadie nunca jamás, esto es lo que busco, señoras y señores, y se nombra In-de-pen-den-cia.
