Y así, entre señoras y señores fue pasando una entrevista y un examen de prueba tras otro, Mía, y de la noche a la mañana y nuevamente como en Las mil y una noches, aunque nunca mejor dicho, en este caso, se convirtió en Correctora de estilo en jefe de Julio Cortázar, que trabajaba de Corrector de estilo en subalterno, en la Unesco, y asimismo le corregía el castellano de sus transmisiones para América latina a Mario Vargas Llosa y el de su redacción del Correo de la Unesco a los poetas Jorge Enrique Adoum, al que adoraba, y a otro al que no debía querer mucho que digamos, porque siempre se refirió a él con el calificativo de Argentino hasta la muerte, con un tonito bastante sentencioso en una persona tan per bene, en todo, como Mía, para qué, y eso a mí no me gustaba.

Porque fue entonces cuando la conocí por segunda vez, en lo que para mí, valgan verdades, era literalmente un mundo raro, un mundo que me quedaba grande, demasiado elegante, un mundo que comía y bebía en los lugares en los que yo, con muchísima suerte, lograba terminar una canción antes de que me sacaran a empujones, y ni siquiera con una pasadita de gorra.

Pero creo que ya es hora de que me vaya presentando, al menos como era entonces, creo yo. De nombre Juan Manuel Carpio, limeño de segunda generación, tórax andino y lo demás también aindiado, pues mi abuelo paterno era andahuaylino con quechua como lengua materna, y puneña, también con quechua predominante, mi abuela materna, aunque salieron adelante en su inmigración capitalina mis abuelos, y ya mi padre fue vocal de la



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