
– Cuestión número seis: «¿Qué cantidad destinan a la indemnización por daños punitivos?». Respuesta: «Treinta y ocho millones de dólares».
Se oyeron respiraciones entrecortadas, toses y silbidos a medida que la onda expansiva recorría toda la sala. Jared Kurtin y los suyos estaban ocupados escribiéndolo todo, intentando permanecer impávidos ante aquella bomba. Los mandamases de Krane de la primera fila estaban intentando recuperarse y respirar con normalidad. La mayoría dirigía miradas iracundas al jurado, a quienes también destinaban pensamientos poco agradables relacionados con los pueblerinos, la estupidez en esos lugares atrasados y demás.
El señor y la señora Payton devolvieron su atención a su cliente, que estaba abrumada por el rotundo peso del fallo y trataba de mantenerse en la silla como podía. Wes susurró palabras tranquilizadoras a Jeannette mientras no dejaba de repetirse las cifras que acababa de oír. No sabía cómo, pero había conseguido mantenerse serio y reprimir una sonrisa bobalicona.
Huffy, el asesor financiero, dejó de comerse las uñas. En menos de treinta segundos había pasado de ser un director bancario caído en desgracia y en la bancarrota a una estrella emergente destinada a recibir un salario y un despacho mayores. Incluso se sentía más inteligente. Ay, menuda maravillosa entrada en la sala de juntas del banco que prepararía para primera hora de la mañana del día siguiente. El juez procedía con las formalidades y los agradecimientos al jurado, pero eso a Huffy ya no le interesaba. Había oído todo lo que le interesaba oír.
El jurado se puso en pie y salió de la sala mientras Uncle Joe sujetaba la puerta y asentía con la cabeza con aprobación.
Más tarde le contaría a su mujer que él ya había predicho ese veredicto, aunque ella no lo recordaba.
