Uncle Joe aseguraba que no había fallado una sola sentencia en las numerosas décadas que llevaba trabajando de alguacil. Cuando el jurado hubo salido, Jared Kurtin se levantó y, con perfecta compostura, recitó de un tirón las solicitudes habituales posteriores a un juicio, que el juez Harrison recibió con gran magnanimidad una vez terminado el derramamiento de sangre. Mary Grace seguía sin reaccionar. A Mary Grace le daba igual. Tenía lo que quería.

Wes pensaba en los cuarenta y un millones de dólares mientras luchaba contra sus emociones. El bufete sobreviviría, así como su matrimonio, la reputación de ambos y todo lo demás.

Cuando finalmente el juez Harrison anunció: «Se levanta la sesión», los asistentes salieron en tropel de la sala con el teléfono móvil en la mano.


El señor Trudeau seguía de pie junto al ventanal contemplando las últimas luces del atardecer más allá de New Jersey. En el otro extremo del amplio despacho, Stu, su ayudante, contestó la llamada y se aventuró un par de pasos al frente antes de reunir el valor para hablar.

– Señor, han llamado de Hattiesburg. Tres millones en daños y perjuicios, treinta y ocho en punitivos.

Desde su posición, distinguió un ligero vencimiento de los hombros, un mudo suspiro de frustración y luego una retahíla de obscenidades murmuradas.

El señor Trudeau se volvió lentamente y fulminó con la mirada a su ayudante como si deseara matar al mensajero. -¿ Estás seguro de que has oído bien? -preguntó.

Stu deseó con todas sus fuerzas haberse equivocado. -Sí, señor.

La puerta seguía abierta a su espalda. Bobby Ratzlaff irrumpió en el despacho, sin aliento, conmocionado y asustado, en busca del señor Trudeau. Ratzlaff era el jefe de abogados de la casa y su cabeza sería la primera en peligrar. Ya estaba sudando.

– Quiero aquí a tu equipo en cinco minutos -le ladró el señor Trudeau, antes de volverse de nuevo hacia la ventana.



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