Sin embargo, en esos momentos parecían bastante tranquilos. Jared Kurtin era el mejor abogado defensor si se tenía suficiente dinero para pagarlo. Las acciones de la empresa apenas habían bajado y el señor Trudeau, en Nueva York, parecía satisfecho.

Tenían ganas de volver a casa.

Gracias a Dios, las bolsas ya habían cerrado.

– No se levanten-anunció en voz alta Uncle Joe cuando el juez Harrison entró por la puerta que quedaba detrás de su silla.

Hacía mucho tiempo que había puesto fin a esa costumbre absurda de pedir a todo el mundo que se pusiera en pie mientras él subía a su trono.

– Buenas tardes -dijo enseguida. Eran cerca de las cinco-. El jurado me ha informado de que ha alcanzado un veredicto. -Miró a su alrededor para comprobar que todos los abogados estuvieran presentes-. Espero que sepan guardar el decoro. No quiero protestas y nadie saldrá hasta que despida al jurado. ¿Alguna pregunta? ¿Alguna petición frívola adicional por parte de la defensa?

Jared Kurtin nunca se inmutaba. Fingió no haber oído al juez y siguió haciendo garabatos en su cuaderno como si estuviera creando una obra de arte. Si Krane Chemical perdía, apelaría sin dudarlo y la base de la apelación sería la obvia parcialidad de su señoría Thomas Alsobrook Harrison IV, veterano abogado con una demostrada antipatía por las grandes compañías en general y, ahora, por Krane Chemical en particular.

– Alguacil, haga entrar al jurado.

Se abrió la puerta que había junto a la tribuna del jurado y un gigantesco e invisible vacío succionó hasta el último centímetro cúbico de aire de la sala del tribunal. Los corazones dejaron de latir. Los cuerpos se enderezaron. Todos buscaron algún objeto que mirar. Solo se oían las lentas pisadas del jurado sobre la alfombra raída.



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