
Jared Kurtin siguió garabateando en el cuaderno como si nada. Tenía por costumbre no mirar nunca a los miembros del jurado a la cara cuando volvían con el veredicto. Después de un centenar de litigios, sabía que era imposible leer la respuesta en sus rostros. Además, ¿para qué molestarse? De todos modos anunciarían la decisión en cuestión de segundos. Su equipo tenía órdenes estrictas de hacer caso omiso del jurado y de mantenerse impasibles ante el fallo.
Evidentemente, Jared Kurtin no tendría que enfrentarse a la ruina profesional o económica. Pero Wes Payton sí, y por eso no podía apartar la mirada de los ojos de los miembros del jurado mientras estos iban tomando asiento. El lechero desvió la vista, mala señal. El maestro evitó la mirada de Wes, otra mala señal. Cuando el portavoz tendió el sobre a la secretaria, la esposa del pastor lo miró apenada, aunque en realidad había tenido la misma expresión afligida desde el inicio de los alegatos.
Mary Grace captó la señal, yeso que ni siquiera la buscaba. Mientras pasaba otro pañuelo a Jeannette Baker, que en esos momentos prácticamente sollozaba, Mary Grace lanzó una mirada furtiva a la jurado número seis, la que tenía más cerca, la doctora Leona Rocha, una profesora universitaria de inglés jubilada. Desde detrás de sus gafas de lectura con montura roja, la doctora Rocha le dedicó el guiño más fugaz, alegre y sensacional que Mary Grace había recibido nunca.
– ¿Han alcanzado un veredicto? -preguntó el juez Harrison.
– Sí, señoría -contestó el portavoz.
– ¿ Es unánime?
– No, señor, no lo es.
– ¿ Al menos nueve de ustedes coinciden en el veredicto?
– Sí, señor. Los votos son diez contra dos.
– Pues no hay más que hablar.
Mary Grace se apresuró a anotar lo del guiño, pero con la ira del momento ni siquiera ella podría leer su propia letra. «Intenta aparentar serenidad», no dejaba de repetirse.
