
Un hombre, de pie, inmóvil, me señalaba con el brazo una dirección, diciéndome cortésmente: «Haga el favor, es por ahí.» Muy educadamente, influida por su gentil tono de voz, le daba las gracias aun a sabiendas de que se me estaba mostrando simplemente la puerta de salida. A la larga, este incidente (una cordial intervención a no pisar terrenos que me estaban vedados) hacía mella en mi mermada moral y me devolvía al estado de mal humor del que ingenuamente creía haberme zafado. Pensaba que antaño, en mis buenos tiempos, una cosa así no me hubiera afectado para nada. Pasaba el día interrogando a imaginarios testigos de la muerte de Herrera. Al final, enloquecía y creía, por ejemplo, que todos los jardines del pueblo tenían un aire embrujado y que pequeños ojos salvajes, desde lo alto de los arbustos, me espiaban. A esto (pensaba) me había conducido tanto interrogatorio inútil y tantas indagaciones que lo único que conseguían era alejarme cada vez más de la verdad. Ya de noche, me sentaba en la terraza de un bar frente al mar e intentaba calmarme sin lograrlo.
