Era la viva imagen de la desesperación; bastaba con observarme unos segundos para comprobar inmediatamente que estaba perdiendo la razón. Hablaba sola, dirigiéndome a un comensal imaginario al que servía champán, a la vez que trataba de esposarlo culpabilizándole del asesinato de Herrera. A la hora de los postres, me sentía más relajada y me quedaba con una expresión muy dulce observando el alegre desfile de parejas de jóvenes enamorados que me miraban furtivamente cuando pasaban frente a mi mesa. Decidía que lo mejor que podía hacer era descansar y tomaba una habitación en un hotel frente al mar.

Tras una ducha fría, me acostaba y soñaba que soñaba que una de aquellas parejas de enamorados se me acercaba tímidamente y me entregaba un mensaje en el que podía leerse: «Si desea conocer la verdad, diríjase al 202 del Paseo Marítimo.» Precipitadamente abandonaba el hotel y me dirigía a la casa. A un timbre con eco sucedía la aparición de una joven de ojos muy negros, vestida de mayordomo, bellísima, que me invitaba a pasar a una habitación que parecía una antesala. Era un recinto que me resultaba vagamente familiar. Allí, medio cubierta por cortinajes de raso color marfil, con el pelo caído sobre la espalda a la manera de una crin de león, estaba Elena Villena, vestida con chaqueta de armiño, sujetando una copa, reposando su cabeza en un cojín de raso azul. «Así que usted está investigando», me decía ella riéndose. Yo callaba porque, entre otras cosas, ignoraba en aquel momento cuál era la respuesta más pertinente a aquellas insolentes palabras. Estaba, por otra parte, demasiado atemorizada para poder ironizar con gracia, como yo sabía hacerlo cuando copiaba el desparpajo habitual de los detectives. «Si anda buscando un culpable», me decía ella mirando hacia la puerta que se hallaba al fondo de la sala, «no espere hallarlo aquí».

Yo pensaba entonces que el culpable se hallaba en la sala. Bajo la luz de una vela, la joven mayordomo sonreía.



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