
Me daba cuenta entonces de un detalle en el que no había reparado: la joven usaba ojos de cristal. Cuando creía que, guiada por ella, me dirigía a la puerta que comunicaba con la otra sala me encontraba con la desagradable sorpresa de que la puerta daba simplemente a la calle. La joven mayordomo me invitaba a marcharme diciéndome con amabilidad: «Haga el favor, es por ahí.» Me rebelaba furiosa, quería hacer preguntas, gritaba, amenazaba, pero de nada servía. Afortunadamente me bastaban unos cuantos pasos por la calle, muy fría a aquella hora, para conseguir olvidarme de la escena anterior. Tras subir una dura rampa proseguía un camino que, en lo alto de una escollera, me conducía a un misterioso muelle. Al mirar hacia abajo me daba cuenta de que andaba demasiado cerca del borde, por el lado donde la escollera carecía de parapeto. Era muy evidente que no estaba en Sitges. Por debajo de la pared vertical se hundía mi mirada en el agua. El agua subía y bajaba contra la piedra. Las sombras del malecón la coloreaban de un verde oscuro, y ésta era la primera imagen realmente bella del sueño.
Poco después, todo pasaba de nuevo a ser una pesadilla cuando unos borrachos, empeñados en seguirme, me arrancaban el sombrero haciendo retumbar sus carcajadas en el muelle. Iba contra los muros, envuelta en una capa negra, con aire triste, como si acabara de perder la vida o la última esperanza de salir adelante en mi investigación. Desaparecía entre las sombras y renunciaba a continuar mis investigaciones. Avanzaba por un oscuro corredor, andando sobre una alfombra que era una intrincada trama de leopardos y de letras negras que, componiendo una leyenda sobre el continente africano, grababan con precisión las huellas de mis pasos. Miraba a mi alrededor y no hallaba para mi fatigada vista el reposo deseado. Veía una breve escena en la que a Lucrecia Borgia le arrancaban el sexo orinando después sobre él. Cerraba los ojos y no servía de nada. Veía a un cardenal que, protegido por la imagen de un dios nebuloso, estaba ensartado, entre platillos de incienso, en un gigantesco tambor de oro.