Abría una puerta, luego otras; buscaba la salida. Tras una de las puertas, hallaba, al abrirla, una habitación cuadrada de muebles altos y tapices de todos los colores representando diversas escenas de persecuciones policíacas. Recuperaba mi buen humor y me reía, pero pronto me veía obligada a reprimir mis risas por temor a enojar a unos personajes que hablaban y se agitaban en las regiones menos visibles del aposento.

Abría los ojos y descubría que estaba muerta. Me encontraba en un féretro y había sido condenada a escuchar eternamente aquellas voces. Después despertaba de mi sueño y comenzaba a reconocer los muebles y las ventanas de mi habitación de hotel en Sitges. Aún cegada por las últimas visiones, veía, a modo de breves ráfagas que cerraban aquel mal sueño, celdas de castigo, revólveres, placas policíacas, famosos criminales en acción.

Mientras mis ojos iban abriéndose lentamente a la realidad, pensaba entre suspiros de alivio que todo había sido una pesadilla. Miraba por la ventana, y mi sorpresa era grande: no quedaba ni rastro de la playa de Sitges y, en su lugar, se levantaba un gran jardín que daba a una bulliciosa calle. Estaba en París, en casa de Juan Herrera. Comprendí lo absurdo que resultaba seguir haciendo conjeturas donde todo, absolutamente todo, estaba rodeado del más insondable, misterio. Nunca sabría si Herrera había sido asesinado. Entonces, desperté violentamente. Fui hacia la ventana. Era de día y el jardín no era tan grande como en el sueño. La calle no era tan bulliciosa.

Proseguí mi atenta lectura de Burla del destino organizando mentalmente, al mismo tiempo, la estructura del prólogo que me proponía escribir. La lectura de las memorias de Herrera (al igual que en el sueño que acababa de tener) me arrastraba -como creo que puede pasarles a muchos de sus futuros lectores- a un enamoramiento del personaje de Elena Villena, cuya presencia cruza de parte a parte las memorias.



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