Algunos de sus amigos trataron de convencerle de que no se marchara. Se habían enterado de que se iba solo y juzgaban que a su edad debía viajar acompañado. Él no les hizo el menor caso y, el 25 de mayo, tomó un tren con dirección a Barcelona. Quería recorrer toda Europa, y de ahí lo extraño de su suicidio. Porque él andaba muy ilusionado con su viaje. En Barcelona, saludó a viejos amigos, rememoró escenas de su juventud, posó para una fotografía como la que un día Pablo Neruda se hizo en la Plaza Real, detrás de una inmensa jarra de cerveza, y cogió un tren que en doce horas le dejó en París. Allí encontró a unos amigos comunes que fueron quienes me informaron de su fugaz paso por la ciudad y de su partida hacia el Gran Hotel de Viena en Bremen, primera parada de un viaje por el Mar del Norte.

De su producción literaria, creo que son sus dos libros de viajes los que menos merecen ser leídos y, sin embargo, los que, al parecer, han desempeñado un papel más decisivo en la historia de su redescubrimiento. Porque, de todos los autores que en los años 30 vieron publicadas sus primeras obras y tras la guerra civil quedaron olvidados o postergados, él, sin duda, es el caso más curioso, ya que va a ser rehabilitado gracias a los textos más endebles y soporíferos de su producción. Parece ser que el proceso de rehabilitación de Escabia se inició cuando, a mediados del caluroso agosto del 73, llamó la atención de J. M. la aparición simultánea de dos críticas muy elogiosas de Navegación en mar peligrosa, pésimo relato en el que Escabia cuenta un viaje inventado. Estaba J. M. tan aburrido en aquellos días que acabó entrando en una librería de Benidorm e, interesándose por el libro, pese a que nada sabía sobre su autor, e ignorando, por supuesto, que una de aquellas elogiosas críticas había sido realizada por el propio Escabia que, oculto tras el seudónimo de Escaviar, calificaba a su propia obra de "relato maestro en su género".



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