
En cuanto colgó el teléfono, Escabia se puso a trabajar en la redacción de un inventado viaje a la Patagonia. Escribió noche y día sin descanso a lo largo de toda una semana y, cuando hubo terminado su relato, lo envió inmediatamente a J. M. que, de nuevo fascinado por la cursilería y ramplonería del estilo, se decidió a poner en marcha los mecanismos para iniciar el proceso de rehabilitación de Vidal Escabia. Al mismo tiempo, mientras preparaba la edición de Por tierras lejanas, le encargó a Escabia un trabajo "prestigioso": el prólogo a la segunda edición de Burla del destino, el libro de memorias de Juan Herrera.
Llegados a este punto, no quisiera retrasar ya por más tiempo mi opinión sobre la obra en general de Vidal Escabia: me parece un revoltijo monótono, aburrido, donde Escabia quisiera que, tan torpes como él, consintiéramos en tomar su palabrería por elegancia, su estilo ampuloso por ingenio y sus plagios por imaginación; al leerle, sólo se encuentran banalidades, cuando son suyas, y cosas de mal gusto, cuando deliberadamente saquea a los demás.
Al saber que se dirigía al Gran Hotel de Viena en Bremen no perdí el tiempo. Dejé París, cuyo clima en aquellos días me era perjudicial, y marché a Worpswede, cerca de Bremen, para instalarme en la casa de una antigua amiga. Desde allí le envié a Escabia aquel voluminoso sobre sellado.
