
Pag. 7: me pinté de rojo los labios
Al leer esto me acordé inmediatamente de la repulsión de Herrera hacia la sangre y hacia el color rojo. Desde el primer momento pensé en el terrible efecto que debió causarle aquel cuaderno con salpicaduras de sangre sobre una portada en la que había sido escrito en tinta roja La asesina ilustrada. Su repulsión por este color venía desde el día en que, siendo todavía un niño, presenció en un circo cómo un tigre despedazaba la garganta de un domador. Los rojos borbotones de sangre que brotaron de modo incontenible de la carótida abierta de éste le provocaron una fuerte impresión de la que ya nunca lograría recuperarse. Era incapaz, por ejemplo, de vivir en una habitación adornada de encarnado o de ponerse un vestido rojo. Había tenido desde entonces cierta tendencia al desvarío.
Pag. 7: out of the world
«Fuera del mundo, tal como había vivido, murió.» Con este epitafio concluía El viajero, acaso la novela menos apreciada de Herrera y también la más incomprendida por la extrema oscuridad del relato. Nunca nadie supo valorar, entre la crítica, el excelente dominio del tiempo narrativo del que Herrera hacía gala en su novela cuando, partiendo de una anécdota abrumadoramente insípida y vaga, y, por lo demás, tremendamente aburrida, conseguía convertirse en el dueño y señor de lo que podríamos llamar «el lenguaje del tedio», un tedio que, a decir verdad, era infinito en su narración. La novela describía, con exasperante lentitud, la muerte de un poeta de segunda fila -al parecer le había servido de modelo Vidal Escabia, un oscuro poeta alicantino amenazado por unas extrañas voces interiores que cada noche le despertaban para recordarle que la hora de su muerte estaba ya próxima y que todavía estaba a tiempo de confesar sus innumerables plagios.
III
19 DE JUNIO DEL 74
AL ANOCHECER DEL DÍA EN que fue enterrado Juan Herrera, se acercó Elena Villena a la casa. Quería saber si me había ya instalado en ella y cómo iba mi vida por allí. En cuanto la tuve ante mí no perdí ni un minuto de tiempo. Le expliqué inmediatamente, casi de una forma atropellada, lo que pensaba de La asesina ilustrada; le expuse mis temores y esperé a ver de qué modo reaccionaba ella.
