
Con aire de enfado su mirada recorrió el jardín vacío donde oscilaban las luces del atardecer. Se quedó callada, como pensando en lo que acababa yo de decirle, y al poco rato me miró malhumorada y me dijo que aquélla no era forma de agradecer su hospitalidad y que no encontraba palabras para concretar el horror que le habían producido mis explicaciones. Y entonces fue cuando sentí algo realmente extraño: ella se quedó unos segundos mirando por la ventana, y yo, que la observaba, tuve la impresión de que ella tenía los ojos cerrados. Miré bien y vi que me equivocaba: los tenía abiertos. Lo que ocurría era que permanecían totalmente fijos. Sus ojos no miraban, no veían. Ella estaba completamente inmóvil en la luz del atardecer, y yo, totalmente fascinada, no podía apartar los ojos de su rostro, de aquella pálida y terrible máscara. Parecía muerta y me quedé aterrada. Al poco rato comenzó a reanimarse. Sin apartar la vista del jardín, cambió de conversación. Pasó un rato hasta que logré volver a introducir en nuestra charla el tema de La asesina ilustrada. De nuevo ella pareció molesta, y el mismo tono misterioso de voz que tenían sus palabras me confirmó que estaba ocultándome algo.
Hasta que por fin desmintió, con una gran sonrisa en los labios, sus planes criminales. Se acercó a mí y me dijo en voz baja, cogiéndome las manos y mirándome fijamente a los ojos, como nunca nadie hasta entonces me había mirado:
– La asesina ilustrada forma parte de El dulce clima, mi novela. Cuando decidí no incluir este trozo en ella se convirtió en una historia independiente. Esto es todo, créame.
