
– Ni se te ocurra -le advirtió al hombre.
– ¿Vas a detenerme tú? ¿Con qué arma? Brendan maldijo entre dientes. ¡Dios, cómo detestaba las peleas! Pero algunas veces no podían evitarse.
– No llevo armas, solo mis puños. Y disparó el puño hacia la nariz de su contrincante. Este gritó de dolor y comenzó a salirle sangre de la nariz.
Seguidamente, Brendan se dio la vuelta hacia el hombre que estaba sujetando a la camarera. Un puñetazo directo al hígado fue suficiente para que la soltara. Brendan la agarró entonces del brazo, pero, para su sorpresa, la mujer se soltó enfadada.
– ¡Suéltame!
Brendan volvió a agarrarla.
– No me obligues a sacarte de aquí en brazos -la advirtió-. Porque te aseguro que preferiría no tener que hacerlo.
Así le pasó a Conor y luego a Dylan. No por la pelea, sino por el rescate. Exactamente así era como ambos habían terminado atrapados por los encantos de una mujer. Ambos habían salvado a una damisela en apuros y sus vidas nunca volvieron a ser las mismas. Así que él no iba a cometer el mismo error.
– ¡No me voy a ir! ¡Ya te he dicho que puedo cuidarme yo sola!
Y le dio una patada en la pierna. Brendan apretó los dientes e hizo un esfuerzo increíble por contener su lengua.
– Escucha, no voy a decírtelo otra vez – la agarró más fuerte que las veces anteriores y la arrastró hacia la puerta.
– ¡Socorro! ¡Socorro!
– No voy a hacerlo, no voy a ponerte sobre el hombro para sacarte de aquí -dijo Brendan en voz baja-. Porque si lo hago, será el fin.
– ¡Por favor, que alguien me ayude! ¡Me están secuestrando!
– Maldita sea.
Brendan se detuvo, se agachó, la agarró por las piernas y la puso sobre su hombro. Luego fue hacia la puerta. Unos cuantos clientes que no se habían metido en la pelea, comenzaron a dar gritos y a tirar palomitas de maíz como si fuera arroz en una boda. Brendan los saludó con la mano y salió a la calle.
