
Justo cuando salieron se oyó el ruido de las sirenas que se acercaban. Afortunadamente, habían salido a tiempo, pensó. También pensó que ya que él había sido quien había empezado la pelea era mejor no quedarse.
– Déjame en el suelo -gritó la camarera, moviendo las piernas.
– Todavía no.
Se dirigió hacia el muelle y, cuando estaban lo suficientemente lejos del bar, se agachó y la dejó en el suelo, pero no la soltó del todo.
– No vas a volver, ¿verdad? Porque me molestaría bastante pensar que he estado a punto de morir por salvar tu bonito trasero solo para que vuelvas allí.
– Ha venido la policía. Así que no pienso volver.
Brendan, satisfecho con su contestación, la soltó y se incorporó. Estaban bajo una farola encendida y Brendan contempló sus rasgos. A pesar de la luz brillante, Brendan se quedó atónito ante su belleza. No tenía los rasgos elegantes y sofisticados de Olivia, la mujer de Conor, ni tampoco la belleza natural de Meggie, la prometida de Dylan, aquella muchacha tenía una mirada salvaje e impredecible, rebelde y agresiva, como si no le importara lo que la gente opinara de ella.
Como evidentemente no le importaba lo que él pensara de ella.
En ese momento, lo miró como si quisiera asesinarlo.
– Si estás esperando que te dé las gracias, te estás equivocando -afirmó ella en tono desafiante.
Hacía frío y lo único que llevaba ella era una camiseta corta. Brendan se quitó su chaqueta y se la echó por los hombros.
– Tengo mi barco aquí cerca. ¿Por qué no vamos allí y tomamos un café? La policía tardará en irse una media hora.
– ¿Por qué iba a tomar un café contigo? – preguntó ella, mirándolo con desconfianza-. ¿Cómo sé que no eres como el bruto al que te has enfrentado?
