
La camarera derramó una jarra de cerveza sobre la cabeza de su agresor y luego comenzó a golpearlo con ella. Brendan esquivó otra botella y un puño antes de que aterrizara en su mandíbula. Decidido a marcharse antes de que él o la camarera salieran heridos, la agarró y la sacó de la pelea. Pero ella se soltó, volvió y le atizó a uno de los borrachos con los puños.
En ese momento, los demás clientes los rodearon y se metieron en la pelea, o comenzaron a gritar, animándolos.
– ¡Detesto las peleas! -musitó él.
Consideró la posibilidad de salir de allí corriendo, pero no podía dejar a la camarera en mitad de todo aquello. En ese momento, ella estaba golpeando la cabeza de uno de los borrachos con su bandeja. Luego le dio un golpe en la pierna a otro que vino a ayudar a su amigo herido.
Nadie parecía preocuparse por la seguridad de la mujer. Los clientes que no estaban metidos en la pelea, no paraban de animarla. El resto de las camareras se habían colocado en la barra para ver mejor la pelea. Uno de los camareros había ido a llamar teléfono, seguramente para avisar a la policía, mientras que otro había sacado un bate de béisbol y lo enarbolaba amenazadoramente. Conforme la pelea se hacía más violenta, Brendan comenzó a preguntarse si la policía llegaría a tiempo o no.
De repente, un fornido pescador agarró a la camarera y la levantó en volandas. Brendan dio un paso hacia delante. La chica dio una patada al hombre con el tacón de su bota y luego gritó pidiendo ayuda. Brendan no quería meterse, pero intuía que iba a acabar en medio de todo aquello.
En ese momento, el gamberro que había empezado la pelea se acercó a la camarera y le gritó algo. Luego alzó una mano para golpearla. Brendan, entonces, no pudo evitarlo. Golpear a una mujer era algo completamente inaceptable. Así que se puso entre el hombre y la camarera.
