
– Muy bien, pues quédate aquí al fresco – se giró sobre sus talones y comenzó a alejarse.
Pero al poco oyó pasos detrás de él y sonrió.
– ¡Espera!
Brendan comenzó a andar más despacio hasta que ella lo alcanzó. Cuando llegaron a su barco, le dio la mano para ayudarla a saltar dentro. Ella tenía los dedos pequeños y delicados. De pronto, se dio cuenta de que estaba reteniendo su mano más tiempo del necesario y la soltó.
Entraron en El Poderoso Quinn y Brendan encendió las luces.
– No pensaba que fueras pescador -dijo ella.
– No lo soy -replicó Brendan, llevándola hacia el camarote-. Pero mi padre sí lo era. Cuando se jubiló, yo empecé a vivir en su barco. Lo he ido arreglando poco a poco, y he cambiado algunas cosas para convertirlo en un sitio acogedor. Sobre todo para el verano.
Ella se frotó los brazos, cubiertos por la chaqueta de Brendan.
– También para el invierno -dijo ella, volviéndose hacia él.
Brendan contempló sus rasgos hasta reparar en una mancha roja en su mejilla. Estiró la mano para tocarla y, nada más hacerlo, se dio cuenta de que había cometido un error. Una intensa atracción, tan fuerte como una corriente eléctrica, atravesó todo su cuerpo en cuanto tocó su delicada piel.
– Te has dado un golpe -murmuró. Se miraron y ella puso una mano sobre la de él.
– ¿Sí?
Brendan asintió, conteniendo las ganas de besarla, a pesar de que el sentido común le decía que sería algo totalmente incorrecto. Hacía diez minutos que se habían conocido, como mucho. ¡Si ni siquiera sabía cómo se llamaba! Y aun así, allí estaba, sin poderse quitar de la cabeza que lo que más le apetecía era tomarla en sus brazos y saborear su boca. Brendan tragó saliva al darse cuenta de lo que estaba pasando en realidad.
¡Era como una profecía! La había sacado del bar y ahora seguramente se enamoraría de ella… como le había pasado a Conor y a Dylan. Pues bien, no iba a suceder nada parecido. Le gustaba su vida tal como era en esos momentos… libre y sin compromisos. Brendan apartó la mano.
