
– Te daré un poco de hielo -afirmó-. Tú siéntate, no tardaré nada.
Ella se sentó a la mesa y comenzó a jugar distraídamente con un bolígrafo que encontró. Él retiró a un lado el ordenador portátil y también un montón de folios escritos a mano que metió en una carpeta.
– Entonces, si no eres un pescador, ¿qué eres?
– Soy escritor -contestó Brendan, sacando hielo del frigorífico.
Lo envolvió en un trozo de tela y luego se sentó al lado de ella para ponérselo sobre la marca roja que tenía en la cara. Sin pensarlo, le retiró un mechón de pelo que le caía sobre los ojos y se lo puso detrás de la oreja. Después, se dio cuenta de la intimidad del gesto.
– Debería irme -dijo ella, separándose de él.
Al principio, pensó que la había asustado. Pero luego se fijó en el deseo que brillaba en sus ojos mientras lo miraba de arriba abajo. Brendan se preguntó qué habría pasado si la hubiera besado. ¿Se habría retirado o habría respondido?
La muchacha se quitó la chaqueta y la dejó en la mesa.
– La policía posiblemente se haya ido ya y trabajo por horas. La gente quiere beber y a mí me pagan por servirles.
Se volvió hacia la entrada, pero Brendan la agarró del brazo y le ofreció su chaqueta.
– Tómala. Hace frío.
Ella hizo un gesto negativo.
– No te preocupes -vaciló unos segundos y esbozó una breve sonrisa. La primera sonrisa desde que se habían conocido-. Gracias. Por la chaqueta y por acudir en mi ayuda.
Entonces desapareció en la fría noche de diciembre, volviendo a aquel mundo extraño al que no parecía pertenecer. Brendan estuvo a punto de seguirla para preguntarle cómo se llamaba y qué estaba haciendo en aquel bar. ¿Por qué estaría ella allí? ¿Sería novia de algún pescador? ¿Habría nacido en Gloucester? También le gustaría saber por qué sus ojos le recordaban al cielo de un día de primavera.
