
Había ido al Longliner para hablar una vez más con los familiares y amigos de los pescadores que iba a sacar en él, esperando encontrar algún detalle nuevo sobre los peligros a los que una persona se enfrentaba cuando vivía en pleno océano. Había entrevistado a seis personas aquella noche y tomado notas.
Ya había terminado, pero quería relajarse y empaparse del ambiente. La mayoría de los pescadores de Gloucester que frecuentaban el Longliner se habían ido ya hacia el sur para empezar la temporada, pero quedaban algunos rezagados que todavía no tenían trabajo. Eran hombres acostumbrados a trabajar duro y a vivir peligrosamente. También estaban las novias y las mujeres de los que se habían ido. Iban al bar para compartir su soledad con otras mujeres que entendían lo que tenían que superar año tras año.
La mirada de Brendan se detuvo en la pequeña camarera rubia que se movía entre la gente con una bandeja en la mano. La había mirado varias veces a lo largo de la noche porque notaba en ella algo raro. Aunque llevaba el uniforme habitual: un delantal, vaqueros ceñidos y una camiseta escotada, la ropa parecía rara en ella, como si no le pegara llevar algo así.
Y no era por el pelo, de un color rubio ceniza, ni por el maquillaje, ni por los ojos oscuros y los labios pintados de un color rojo brillante. Ni siquiera por los tres aros que llevaba en cada oreja. La observó durante un buen rato mientras servía una mesa de ruidosos clientes. Seguramente debía de ser por el modo en que andaba, que no se parecía en nada al de las otras camareras. Lo hacía moviendo las caderas y los senos de una manera bastante seductora, aunque a la vez elegante. Parecía deslizarse sobre el suelo como una bailarina. El largo cuello y la forma en que movía los brazos aumentaban la ilusión de que no estaba sirviendo bebidas a un grupo de ratas inmundas, sino flotando sobre un escenario acompañada de Baryshnikov.
Terminó con la mesa y Brendan levantó la mano para que se acercara. Pero justo cuando ella se dirigía hacia él, una de las ratas la agarró por detrás y la sentó sobre su regazo. En un segundo, tenía las zarpas sobre ella.
