Brendan se dio cuenta de que la situación se estaba volviendo cada vez más complicada y a nadie parecía preocuparle lo más mínimo. Él sabía cuál era la única solución.

– ¡Detesto las peleas! -afirmó en voz baja.

Echó su silla hacia atrás, atravesó el salón y se puso al lado de la mesa.

– Quite las manos de encima de la señorita -le ordenó al otro, con los puños cerrados.

– ¿Qué has dicho, muchacho?

– He dicho que quites las manos de encima de la señorita.

La camarera le tocó el brazo. Brendan la miró e inmediatamente se quedó impresionado por su juventud. Por alguna razón, había esperado encontrar un rostro ajado por los años y el trabajo duro. Pero en lugar de eso, se encontró con un rostro tan joven, tan perfecto, que estuvo tentado de tocarlo para ver si era de verdad.

– Puedo solucionarlo yo sola. No hace falta que te metas. Se me dan bien las situaciones conflictivas y las relaciones personales. Hice un seminario al respecto.

Tenía una voz grave y sensual, que sedujo a Brendan por completo. Este, sin hacer caso de lo que ella había dicho, la agarró de la mano e hizo que se levantara.

– Vete, yo me encargaré de esto.

– No, de verdad, lo haré yo. No hace falta pelearse. La violencia nunca resuelve nada -repitió la chica, agarrándolo por la manga de la chaqueta.

– Por favor -insistió.

Brendan no estaba seguro de qué hacer.

No le gustaba abandonar a una mujer en apuros.

Especialmente después de haber oído desde pequeño todas aquellas historias de los antepasados de su familia, que se habían comportado siempre de un modo caballeroso. Miró hacia el bar y vio que la gente lo miraba sin pestañear, esperando ver si se iba o se quedaba y peleaba.

Cuando se volvió de nuevo hacia la camarera, vio por el rabillo del ojo que algo se movía hacia él. Era una botella de cerveza, que iba directamente hacia su cabeza. La esquivó a tiempo; le pasó al lado de la oreja, dando a uno de los borrachos de la mesa en la sien. El hombre cayó inmediatamente al suelo.



8 из 120