– El nombre del gigante era Fomor -lo interrumpió Sean-. Te has olvidado.

La imagen de la madre desapareció y Dylan miró de nuevo a sus hermanos.

– El gigante era tan alto como dos casas y sus piernas parecían dos robles -continuó-. Tenía una espada tan afilada como una hoja de afeitar.

– ¡Háblanos de su pelo! -le suplicó Brian.

Dylan bajó la voz y se acercó a él.

– Era largo y negro, y estaba lleno de arañas y monstruos. La barba era muy rizada y le llegaba al suelo -los ojos de sus hermanos se abrieron horrorizados-. Y tenía la tripa enorme, porque cada día se comía tres niños o más. Con huesos y todo -cuando los hermanos estuvieron suficientemente asustados, Dylan se incorporó de nuevo-. Lucharon durante muchos días. El gigante utilizaba su fuerza y Odran, su inteligencia. Al décimo día, Odran le dio un golpe mortal con su espada y el gigante cayó al suelo. La tierra tembló a muchos kilómetros y el gigante se quedó duro y frío como una piedra.

Sean aplaudió.

– ¡Y luego le cortó la cabeza!

– Entonces, escaló la fortaleza y rescató a la prisionera -añadió Brian.

– Eso mismo -continuó Dylan. Y luego…

La puerta de la entrada se abrió y todos se volvieron. Era Seamus Quinn.

– ¿Dónde están mis niños?

Entre gritos de júbilo, Brian, Liam y Sean se levantaron y corrieron hacia él, olvidándose del cuento de Odran y Fomor. Brendan y Dylan se miraron y dieron un suspiro de alivio y resignación. Aunque se alegraban de verlo, era evidente que Seamus se había parado a tomar una pinta de cerveza antes de llegar a casa. Aunque, por lo menos, había llegado.

– En todos tus cuentos, hay siempre un rescate -comentó Brendan.



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