
Cuando salían, se cruzaron con la muchacha, que les dijo:
– Si van a comer, buen provecho.
– Agradecido, señorita -respondió Almanza.
Mascardi lo miró con expresión vaga, como si estuviera pensando en otra cosa, y preguntó:
– ¿Me dijiste mujeriego por ésta? Sin más te aclaro que en la materia no soy orgulloso.
Recostada en la puerta de calle, del lado de afuera, vieron a una señora de pelo castaño, de cara juvenil, blanca y rosada, de cuerpo casi robusto. Almanza murmuró:
– Con su permiso.
La mujer se hizo a un lado. Pasaron y saludaron.
– la señora Elvira, la esposa del inspector de estaciones de servicio de Y.P.F. -explicó Mascardi-. Ya se cansó doña Carmen de hacerle ver que una señora, parada en la puerta, da a la pensión una apariencia de conventillo. Semana tras semana el marido está ausente en sus viajes. La pobre lo quiere con locura y se pasa las horas en la puerta, en la esperanza de verlo llegar. Para mí que piensa que si por un minuto ella se descuida, el marido no vuelve.
VI
Pasadas las doce almorzaron en un restaurante que venía a quedar en 44 y 117, donde cocinaba la patrona y atendía el patrón. La entrada era algo oscura; el salón estaba en desnivel; había que bajar uno o dos escalones. Comieron puchero de falda.
– No cargan los precios y te dan comida casera. Casi toda la concurrencia es de estudiantes -aseguró Mascardi-. Si alguien viene a conversar con nosotros, ni te acuerdes que soy de la policía. Este elemento mira con malos ojos al chafe.
– Los que te conocen ¿por qué van a desconfiar?
– Es gente muy quemada. Te digo más: el sector estudiantil está infiltrado por espías de toda laya. -Repentinamente preguntó: -¿A vos qué te trae a La Plata? ¿No me digas que has venido a estudiar?
