– ¿Vive ese hijo suyo?

– ¿Ventura? Nos han llegado noticias de que no.

– ¿Dónde se encuentra?

– Para el corazón de este enfermo, aquí, junto a la cama. No lo tome a mal, ni piense que soy un viejo trascordado. Si me confundo es adrede y usted permitirá que en mi tribulación lo trate de hijo. El otro no sé por dónde anda. Hará cosa de siete años, de la noche a la mañana, se fue de la casa de sus padres.

– ¿Sin motivo valedero?

– Con motivo, pobre muchacho. Es lo que más duele. Yo seré un viejo lleno de mañas, pero siento el dolor como cualquiera. Hubo una desavenencia, le levanté la mano, todo por una futesa que no merecía tanto disgusto. Quiero decir que entonces yo no veía por qué al muchacho le cayó tan mal.

– ¿Qué le cayó mal?

– Si no me explico debidamente, usted no me va a entender.

Dijo don Juan que él siempre había sido franco y abierto para la gente que lo quería, pero malo como el ají para los que le llevaban la contra. Confesó que por aquella época amigaba con una viuda. El hijo de la viuda se metió a vendedor de seguros y ella le encareció que le comprara al muchacho un seguro de vida, para apuntalarlo en el conchabo.

– Sobre mi propia vida, ni hablar, porque soy supersticioso -continuó-. Mi pobre señora ya andaba muy decaída, así que venía a quedar eliminada, porque las primas o como las llamen iban a estar por las nubes. Pensé: “¿Quién más aparente que Ventura? Un muchacho en la flor de la edad”. Al principio la operación me salió bastante acomodada. En dinero nomás, porque en aflicciones ¡ni me hable! Vaya uno a saber qué dio en figurarse Ventura, sobre aquel seguro. Que yo tenía noticias de alguna misteriosa enfermedad suya, mortal a corto plazo. O todavía peor: me prestaba tal vez una intención aviesa, que no quiero pensar. Hasta las más altas horas duró la controversia con mi pobre hijo. Al día siguiente no estaba por ninguna parte. Nunca volví a verlo.



7 из 110