Almanza temió que don Juan tuviera una recaída, porque parecía cansado, a punto de sofocarse. El recuerdo de la discusión de esa noche terrible tal vez fue demasiado doloroso para ese viejo que salía de una descompostura. Don Juan continuó:

– Ya no quiero hablar de aquel hijo. Me atribuyó designios por demás infames. Por suerte ahora tengo otro, que me salvó la vida.

La mano que apretó el brazo de Almanza no parecía la de un hombre enfermo y débil. Era una garra.

Como pensando en voz alta don Juan dijo:

– Ni siquiera sé que esté vivo o esté muerto. Lo más probable es que esté muerto, pero eso no basta para cobrar el seguro.

IV

Cuando pasó frente al hotel La Pérgola, pensó: “Antes de irme voy a fotografiarlo. Me gustaría parar ahí”. Al doblar por 43 divisó a su amigo Lucio Mascardi, a mitad de cuadra, recostado contra el marco de una puerta. Hasta que Almanza llegó a su lado, Mascardi no dio señales de verlo. Entonces dijo:

– Pensé que no venías.

– Te voy a explicar.

– No expliques.

– Me puse a conversar con una familia, gente de Brandsen. Tomamos el desayuno y cuando los acompañé a la pensión querían conseguirme una pieza, para que me quedara con ellos.

– Estaría bueno, después de volcar mi influencia para meterte acá.

– No sabés todo lo que me pasó.

– No te vas a excusar conmigo… Encontrar hospedaje en La Plata no es nada fácil. Las pensiones están, lo que se dice, al tope. El único arreglo posible fue poner una segunda cama en mi pieza, que es bastante grande.

– No quiero estorbar.

– ¿Cómo se te ocurre? ¿No somos amigos de toda la vida?



8 из 110