
Por el zaguán entraron en un patio al que habían techado con una claraboya, para convertirlo en sala. A ese patio, o sala, daban media docena de puertas de dos hojas, altas y angostas, con un numerito arriba, en una chapa ovalada, blanca, con persianas de madera pintadas de gris. El piso era de baldosas coloradas. Había dos o tres alfombritas viejas, por aquí y por allá, y una mesa de mimbre, sillones desvencijados, plantas en macetas, un reloj de péndulo. En comparación, la pensión de la familia Lombardo parecía imponente y rumbosa, con aquellos vistosos vidrios de colores. Se felicitó de que no lo convencieran los Lombardo, porque en una pensión de tanto lujo quién sabe con qué extras iban a salir. Eso sí, cuando le llegara la última paga, se mudaría allá por unos días, para pasarlos a cuerpo de rey.
El crujido de un gozne los detuvo. De la primera puerta, a contar por la izquierda, salió una mujer robusta, ni vieja ni joven, de pelo negro, de piel blanca, de labios rojos, mojados, que parecía “una monja de civil” y que, según dijo Mascardi, “antes de apersonarse los había espiado por la ventana que hay en la pared”. Mascardi habló con aplomo:
– Doña Carmen, le presento a su nuevo pensionista, el señor Almanza.
Tras examinar en silencio al nombrado, la patrona dijo:
– Perfectamente. Voy a hablar claro con el señor. Primer punto: a esta casa no me trae mujeres. Si un día llega su señora madre, vaya y pase; pero no se me venga con la hermanita, ni con la prima ni con la tía, bajo ningún concepto. Sepa bien que desde la ventanita de mi pieza lo estoy espiando. ¿Queda bien sentado, entonces, que ésta es una casa decente?
– Desde luego, señora.
Taconeando en las baldosas doña Carmen se dirigió a la única puerta entreabierta (tenía el numerito 4, en la chapa de arriba) y, con un amplio movimiento de brazos, la abrió de par en par. Se volvió, anunció:
– ¡La pieza! -Después de un silencio agregó en voz más baja: -Con nuestra mataca adentro.
