El teniente dijo que podríamos sacarla de aquí disfrazada, como si fuera una sospechosa que vamos a trasladar. Pasaremos por la comisaría del sur de Boston y, si ves que no nos sigue nadie, continuaremos hasta llegar a la casa.

– Me parece un buen plan -musitó Conor-. Os esperaré en el aparcamiento y os seguiré.

Conor se metió las manos en los bolsillos de su cazadora se dispuso a salir. De repente, necesitaba un poco de aire fresco. ¿Qué le había hecho aquella mujer? Con solo verla, le había quitado la fuerza y lo había convertido en un ser temeroso. Si no supiera que era imposible, habría tenido que creer que todas las advertencias de su padre eran verdad. Sin embargo, aquello solo era un trabajo y podría mantener una actitud profesional si tenía que hacerlo. Además, como con todas las mujeres que había habido en su vida, la fascinación desaparecería muy pronto.

Consumido por sus propios pensamientos, no se percató de la mujer que salía de la sala de observación. Se chocó contra él mientras Conor extendía las manos para sujetarla. Con una suave maldición, Conor solo pudo admirar los ojos verdes más extraordinarios que había visto nunca.

Se había quitado sus ropas de diseño y se había puesto una camiseta descolorida, unos raídos pantalones y un viejo sombrero. Entre las manos, llevaba una vieja chaqueta de camuflaje. Si no la hubiera reconocido, la habría tomado por una de las vagabundas que estaban siempre por el puerto. Conor se hizo a un lado, y, al mismo tiempo, ella realizó el mismo movimiento. Dos veces trataron de pasar al lado del otro y dos veces más fracasaron. Los dos parecían estar participando en un extraño tango.

Finalmente, Conor la agarró por los brazos y la colocó contra la pared. Sin embargo, en el instante en que la tocó, la furia que sentía hacia ella se disolvió. Tenía una piel cálida y suave. Una corriente eléctrica le subió por los brazos. Como si se hubiera quemado, Conor apartó rápidamente las manos.



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