
Ella se asomó por una rendija de las cortinas, contemplando las revueltas aguas de la bahía. Entonces, se frotó los brazos a través del grueso jersey de lana y reprimió un temblor. ¿Cómo había logrado meterse en aquel lío?
– Señorita Farrell, por favor, aléjese de las cortinas. No sabemos quién podría estar ahí fuera.
Olivia suspiró. Llevaba dos días en aquella casa protegida y ya estaba más que harta. No podía respirar sin que lo autorizara aquel policía de libro. El detective Danny Wright aparentaba quince años. Si no hubiera sabido que era policía de verdad, habría creído que la pistola que llevaba era de juguete.
– ¿Cuánto tiempo más tenemos que estar aquí? ¿Es que no podemos encontrar un lugar en el que no haga tanto frío?
– Estamos pensando en tenerla aquí hasta el juicio.
– ¡Pero si faltan doce días!
– Tenemos hombres en el aeropuerto, en la carretera e incluso en el muelle del ferry en Provincetown. El único modo en que los hombres de Red Keenan pueden esquivarlos es viniendo en barco y atracando en la playa. Con este tiempo, eso sería una locura. Además, la policía local conoce a las personas que viven en esta parte del cabo todo el año. Este es el lugar más seguro para usted.
– Entonces, ¿por qué no puedo ir al menos a dar un paseo? Lo ha dicho usted mismo. Estoy perfectamente segura aquí. Podríamos ir de compras o a dar un paseo. ¿Qué le parece si vamos a desayunar a la ciudad?
– Me temo que no será posible, señorita. Si necesita algo, podemos enviar un hombre a comprarlo. Libros, aperitivos… lo que sea. El fiscal del distrito quiere que esté cómoda.
– ¡Genial! -exclamó Olivia-. ¡Dígale que vaya por mi viejo modo de vida! Quiero mi cama, mi gato y mi secador. Mi tienda no podrá sobrevivir otras dos semanas de puertas cerradas. Voy a perder mis clientes. ¿Pagará el fiscal del distrito todas mis pérdidas financieras?
