Dentro de la casa, los restos de la cena estaban esparcidos por la mesa de café, platos sucios, pan a medio comer y la botella vacía de vino. Al mirar al sofá, vio que Olivia estaba dormida, tapada por una suave manta, con las manos bajo la barbilla. Le recordaba a una ilustración que había visto en uno de sus libros de historias irlandesas, un dibujo de Derdriu, una mujer muy bella desposada con un rey, pero amada por un simple guerrero. El cabello de Olivia, como el de Derdriu, era de un delicado tono rubio. Ondas y rizos se esparcían por la almohada y su perfecta piel brillaba como la porcelana a la tenue luz del fuego.

Conor echó otro leño al fuego. Recordó que su padre le había contado que la belleza de Derdriu solo había llevado muerte y destrucción para su pueblo. Recordó el dibujo, la dulzura y vulnerabilidad de su rostro…

Lo habían enviado para proteger a aquella mujer, para que diera la vida por ella como si fuera un antiguo guerrero, pero, ¿qué sabía de ella? Se levantó y sacó el expediente de la policía de su bolsa de viaje. Entonces, se acercó al fuego y empezó a leer. Por lo que deducía, Olivia Farrell era una ciudadana normal y corriente atrapada en circunstancias fuera de lo normal.

Su socio, Kevin Ford, había sido arrestado por participar en un plan de blanqueo de dinero que había incluido también un asesinato. La mecánica del plan era bastante sencilla. Compraba carísimas antigüedades para Keenan, las vendía a clientes fantasmas por un valor tres o cuatro veces más alto y luego le entregaba el dinero blanqueado a Keenan.

Olivia no sabía nada del plan, pero había tenido la desgracia de escuchar una conversación entre su socio y Keenan, lo que proporcionaba la única prueba sólida que los relacionaba. Conor se preguntó si sabía el verdadero peligro que corría. También se preguntó la clase de relación que habría tenido con Kevin Ford.



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