
Miró una foto del hombre. No era feo. Resultaba bastante sofisticado y refinado. Una mujer como Olivia lo encontraría encantador, inteligente… sexy. Tal vez hubieran sido amantes o incluso siguieran siéndolo. Conor guardó la foto y sacó el folio que resumía su vida.
Olivia Farrell. Graduada por la universidad de Boston, vivía en una hermosa calle del South End. No tenía antecedentes penales. Soltera. Veintiocho años. Copropietaria de una de las galerías de antigüedades de más éxito de todo Boston. Muy conocida en ciertos círculos sociales. Había salido con un experto en inversiones y un abogado. No había tenido relaciones estables desde la universidad. Los dos padres vivían en Jacksonville, Florida.
Conor cerró el expediente y se volvió a mirarla.
– Testaruda hasta la exageración. Sería buena en el kick-boxing. Lengua afilada. Gran cocinera. De increíble belleza.
Le miró la boca. El vino y la buena comida habían ayudado a que la triste expresión que había tenido todo el día desapareciera. Habían charlado durante la cena. Cada uno de ellos había revelado lo suficiente como para que la conversación resultara interesante. Ella le había hablado de la tienda, de la emoción de encontrar antigüedades de valor, de los ricos clientes con los que trabajaba, de las elegantes fiestas a las que asistía.
Él le había hablado del oscuro mundo en el que se movía un policía, de los planes que los delincuentes encontraban para violar la ley, de las frustraciones que sentía cuando se salían con la suya. Para su sorpresa, pareció fascinada por su trabajo y le preguntó hasta que él le contó los casos más interesantes en los que había trabajado. Conor suspiró, sabiendo que aquello no debía sorprenderle. Seguramente hacía sentirse a un enterrador como si fuera el hombre más intrigante del mundo.
A pesar de que sabía que era demasiada mujer para él, no podía evitar sentirse atraído por ella, como siempre le había ocurrido con las mujeres de evidente belleza. Los rasgos de Olivia Farrell eran sutiles, casi sencillos, pero tan perfectamente proporcionados, que no podían pasar desapercibidos. Tenía un aspecto fresco, limpio… puro.
