Se puso de pie y se acercó a ella. Casi sin pensar, extendió una mano y le tomó un mechón de cabello entre los dedos. Sorprendido de su suavidad, se inclinó sobre ella para examinarle el rostro más detenidamente.

Una ligera sonrisa curvaba las comisuras de los labios. Dormía profundamente, sintiéndose protegida por saber que él estaba allí para vigilar. Sin embargo, a Conor no le pasaba inadvertido que Keenan haría todo lo posible para no ir a la cárcel. Tenía dinero y poder, una combinación que podía convencer a cualquier hombre sin escrúpulos de que un favor hecho para Keenan sería generosamente recompensado, aunque implicara matar a una mujer inocente.

Al verla, tan confiada, tan vulnerable, Conor supo que sería capaz de morir por ella, no solo porque fuera su deber, sino porque en aquel caso su actuación sí serviría de algo. Olivia Farrell merecía vivir y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, Conor se sentía orgulloso de la profesión que había elegido.

Extendió la mano y la arropó un poco más. Ella se estiró, haciendo que Conor se apartara un poco y que contuviera el aliento.

– ¿Va… todo bien? -murmuró, somnolienta. Conor asintió, se levantó y se acercó al fuego-. Estás preocupado, ¿verdad?

– No estoy preocupado, sino que siento mucha cautela. Este lugar está muy aislado, pero eso también puede perjudicarnos.

– ¿De verdad crees que vendrán a buscarme hasta aquí?

– No -mintió, sintiéndose culpable por el temor que había escuchado en su voz-. Tu testimonio es importante, pero creo que Keenan tiene que preocuparse más por lo que pueda hacer tu socio. Espero que hagan que Ford cambie de opinión antes de que tengan que hacerte subir al estrado.



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