Con el ventilador del techo ronroneando tranquilamente sobre su cabeza, su pelo oscuro recogido sobre su cabeza, y llevando solo un top y unos viejos pantalones cortos, Rachel estaba a gusto a pesar del calor. Había un vaso de té helado junto a su codo, y bebía mientras leía.

Los gansos cacareaban pacíficamente mientras iban de una parte a otra de la hierba, reunidos en manada por Ebenezer Duck, el viejo líder irritable. Antes había habido un alboroto cuando Ebenezer y Joe, el perro, pelearon por quien tenía el derecho al trozo de pasto fresco y verde bajo el arbusto de la adelfa. Rachel fue a la puerta de tela metálica y gritó a sus mascotas que se estuvieran quietas, y ese fue el acontecimiento más excitante del día. Así eran la mayoría de sus días durante el verano. Las cosas mejoraban durante el otoño, cuando la época turística comenzaba y sus dos tiendas de objetos de recuerdo en Treasure Island y Tarpon Springs empezaban a tener clientes. Con el curso de periodismo sus días estaban aún más ocupados de lo normal, pero los veranos eran el momento de relajarse. Trabajaba intermitentemente en su tercer libro, sin sentir una gran preocupación por terminarlo, pues la fecha limite de entrega era en Navidad e iba muy adelantada en su trabajo. La vitalidad de Rachel era engañosa, porque ella conseguía lograr mucho, sin parecer que se diera prisa.

Se sentía en casa allí, había echado profundas raíces en ese terreno arenoso. La casa en la que vivía había pertenecido a sus abuelos, y la tierra había estado en manos de su familia durante cien años. La casa había sido remodelada en los años cincuenta y no guardaba mucho parecido con la estructura original. Cuando Rachel se había instalado había renovado el interior, pero el lugar todavía le daba un sentido de permanencia.



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