Ella conocía la casa y la tierra que la rodeaba tanto como su rostro al mirarse en un espejo. Probablemente mejor, porque Rachel no era dada a clavar los ojos en sí misma. Conocía el bosque de pinos que había delante y el pastizal que se hallaba a su espalda, cada colina, cada árbol y cada arbusto. Un camino serpenteante iba a través de los pinos y llegaba hasta la playa donde se encontraban las aguas del Golfo. No había construcciones en la playa, en parte por la escabrosidad inusual de la orilla, en parte porque los dueños de las tierras eran gente que no quería ver como se construían bloques de apartamentos y hoteles en frente de sus casas. Ése era antes un condado ganadero; un gigantesco rancho, propiedad de John Rafferty, rodeaba la propiedad de Rachel, y Rafferty era tan reacio como ella a vender cualquier parte de sus tierras para la construcción.

La playa era el refugio especial de Rachel, un lugar para caminar y pensar y encontrar la paz en el oleaje despiadado, eterno del agua. Era llamada Bahía Diamond por la forma en que la luz se astillaba contra las olas como si chocasen contra las grandes piedras que poblaban la boca de la pequeña bahía. El agua oscilaba y brillaba tan intensamente como si miles de diamantes rodearan la orilla. Su abuelo le había enseñado a nadar en Bahía Diamond. Algunas veces parecía que su vida hubiera comenzado en las aguas turquesa.

Ciertamente la bahía había sido el centro de los días dorados de su infancia, cuando una visita a los abuelos era lo más divertido que podía imaginar una niña como Rachel. Luego su madre murió cuando Rachel tenía doce años, y la bahía se convirtió en su casa para siempre. Había algo en el océano que había aliviado la agudeza de su pena y enseñado a aceptarla. También había tenido a su abuelo, e incluso ahora pensar en él, traía una sonrisa a su rostro. ¡Que anciano maravilloso había sido! Nunca había estado demasiado ocupado o había pasado vergüenza a la hora de contestar a las preguntas algunas veces embarazosas que una adolescente podía hacer, y le dio la libertad de probar sus alas pues ella tenía mucho sentido común.



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