Había muerto el año en que ella terminó la universidad, pero incluso la muerte le había llegado en sus propios términos. Incluso estando cansado, enfermo, y preparado para morir, la había engañado con semejante humor y semejante aceptación que Rachel incluso había sentido algo de paz con su marcha. Ella se había entristecido, sí, pero la pena había sido moderada por el conocimiento de saber que era lo que él quería.

La antigua casa había permanecido vacía después, mientras Rachel seguía su carrera como periodista de investigación en Miami. Había conocido y se había casado con B. B. Jones, y la vida juntos había sido buena. B.B. había sido más que un marido, había sido un amigo, y habían pensado que tenían el mundo en sus manos. Luego la violenta muerte de B.B había acabado con ese sueño y había dejado viuda a Rachel a los veinticinco. Ella abandonó su trabajo y volvió a la bahía, volviendo a encontrar la paz en el mar interminable. Estaba emocionalmente herida, pero el tiempo y la vida tranquila la habían aliviado. Todavía, no sentía deseos de volver a la vida de ritmo rápido que había llevado antes. Ésta era su casa, y se encontraba feliz con lo que hacía ahora. Las dos tiendas de objetos de recuerdo le daban una buena vida, y aumentaba sus ingresos escribiendo ocasionalmente un artículo, así como con los libros de aventuras que había escrito sorprendentemente bien.

Este verano era casi igual a los otros veranos que había pasado en Bahía Diamond, pero más caluroso. El calor y la humedad hacían que casi se sintiera sofocada, y algunos días tenía ganas de no hacer nada más agotador que tumbarse en la hamaca y abanicarse. La puesta de sol traía algún alivio, pero incluso eso era relativo. La noche traía una pequeña brisa del Golfo para enfriarle la piel ardiente, pero aún hacía demasiado calor como para dormir.



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