Repentinamente cada instinto de Sabin gritó una alarma y se tiró contra la cubierta, sin poner en duda el instinto que hizo que su columna vertebral se estremeciera; su vida había sido salvada muchas veces por él como para que vacilara. Desplegó sus dedos en la madera caliente de la cubierta, admitiendo que podía quedar como un tonto, pero prefería ser un tonto vivo que un gran sabio. El sonido del otro motor se redujo totalmente, como si hubiera desacelerado aún más, y Sabin tomó otra decisión. Silenciosamente sobre su estómago, con el perfume de cera en sus fosas nasales y arañándose la carne desnuda, repto hasta el compartimiento que usaba de almacén.

Nunca iba a ningún sitio sin nada para protegerse. El rifle que sacó del compartimiento de almacén era poderoso y preciso, aunque sabía que incluso en el mejor de los casos, solo sería un impedimento temporal. Si sus instintos estaban equivocados, después de todo no tendría que utilizarlo; Si sus instintos estaban en lo correcto, entonces ellos tendrían armas de fuego más poderosas que ese rifle, ya que habrían venido preparados para esto.

Maldiciendo bajo su respiración, Sabin comprobó que el rifle estaba en modo automático y se arrastró sobre su pecho hasta la barandilla. Serenamente escogió su refugio, dejó que el rifle se viera, y movió la cabeza sólo lo necesario como para ver el otro barco. Seguía acercándose a él, ya estaba a menos de noventa metros.

– ¡Está lo bastante cerca! -gritó, sin saber si su voz llegaría lo bastante clara sobre el ruido del motor. Pero eso carecía de importancia, mientras les dijeran a los demás que estaba gritando algo.

El barco redujo la velocidad, moviéndose apenas a través del agua ahora, a sesenta y ocho metros. Repentinamente pareció abarrotarse de personas, y ninguno de ellos se parecía a los pescadores normales del Golfo o a los que disfrutaban pasando sus horas de ocio en el mar, pues todos iban armados, al igual que la mujer pelirroja.



4 из 226