A veces sacaban también un caminito polvoriento por el que venía alguien montado en un borrico, con las piernas colgando y una vara pequeña para avivar el paso de la caballería, y eso sólo parecía borrar, en su belleza genuina, todo el espanto del que se nos estaba hablando.

Uno, cuando se le hace testigo de tales hecatombes, querría ser solidario, pero no sabe de qué manera. Y se nos hace testigo de muchas hecatombes al mismo tiempo, de Chiapas, del África, del País Vasco, de Argelia, del Irak, de la Persia. Seguramente el buen articulista es aquel que logra movilizar nuestras conciencias durante algo más de tiempo del que tardamos en leer ese artículo.

Oímos el recuento de los muertos, escuchamos el lloro de los niños que sobrevivieron a los cuchillos y vemos cómo guarda silencio esa muchacha violada, y sin embargo nos fijamos en lo hermosa que es la aldea y el camino que conduce a ella. Quizá el nuestro es el mal artículo, pero tal vez lo único que puede vencer en su mismo terreno al desorden, no es la justicia, sino la belleza, en este caso la belleza de una aldea, de un camino, de un asnillo de pasitos alegres, y de unas gentes que hasta hace un mes estaban vivas.

Agenda

I

Hay dos regalos tristísimos que se suelen hacer en Navidades. Uno es un frasco de colonia y el otro una agenda. Yo no recuerdo que nadie me haya regalado nunca un frasco de colonia ni uno de esos perfumes con el que se pueda tener ciertas esperanzas de salir solo y volver a casa con una joven escultural y sedienta de experiencias sexuales, enloquecida por los humores y efluvios que trasminan de unos pectorales de acero y unas axilas oscuras. Se conoce que quienes podían hacerme un regalo así ven mi aspecto físico y comprenden que es mejor dejar que la Naturaleza siga su curso en mí sin demasiadas alteraciones. En cambio cada año acaban llegando aquí dos o tres agendas, todas absurdas.



10 из 104