
Si se tiene una vida organizada, si se sale, si se conciertan citas y almuerzos de trabajo, si se llama a unos y a otros, la agenda es útil. Si se lleva una vida como la mía, en la que se levanta uno temprano y no se sale de casa, trabajando todo el día solo en una mesa vieja y desordenada, con pocos viajes de vitola, haciendo en casa las tres comidas y acostándose temprano, la agenda no es sólo algo absurdo sino una dolorosa constatación que nos recuerda lo poco que somos en la sociedad, en el mundo.
Al principio, hace muchos años, yo mismo llegué a comprarme una pequeña agenda, con el convencimiento de que quizá ella contribuiría a cambiar mi vida insatisfactoria y sin alicientes, en el sentido de que me obligaría a mí mismo a llenarla, para dar un sentido a todos y cada uno de mis días aburridos y rutinarios. Recuerdo que en enero, aunque de cosas absurdas, llenaba algunas páginas, pero luego, poco a poco, las anotaciones desaparecían, y las páginas correspondientes a los ocho o nueve meses últimos se quedaban indefectiblemente vacías, o peor, con lamentables garabatos que trataban de disimular la falta de proyectos, los blancos espacios delatores.
Hay muchas clases de agendas, buenas, malas, caras, baratas, pequeñas, grandes, pero todas ellas suelen acopiar al final una serie de informaciones que se consideran interesantes para los hombres activos, pero que sin embargo cuando las lee alguien como uno resultan absurdas y dolorosas, como la diferencia horaria con todas y cada una de las ciudades importantes del mundo, Sydney, Tokio, Burkina Faso, o el nombre de esas monedas con las que jamás compraremos nada, o las coordenadas bursátiles que no sabemos manejar o los prefijos telefónicos de ciudades donde no hay nadie que sepa que existimos.
