Es probable que el consejo de Ruano, que escribió en una época y en un país en el que era mejor no pensar nada de nada, pudiera ser valioso entonces. No lo creo, pero pudiera ser. Decía también que los artículos sólo había una manera de hacerlos: escribirlos, terminarlos y una vez terminados, decapitarles la primera frase, que era la frase forzada, la frase fría, en la que el articulista hacía su gimnasia previa e inelegante. El artículo que salvaba la primera frase era un mal artículo, según él.

Si en la primera parte es obvio que Ruano se equivocaba, y el articulista y el escritor deben saber siempre de qué están hablando, es posible que en el segundo enunciado tuviera más razón, y uno mismo debería suprimir de un tajo todo el párrafo anterior. Pero uno no es Ruano, uno no vive en aquella otra España (aunque siempre estamos a tiempo para ir un poco a peor) y uno cree que hasta los artículos malos deben consagrarse a una causa.

Hace unos días ha concluido el Ramadán. Un buen artículo debería informarnos de quiénes están detrás de los integristas islámicos argelinos que han vuelto este año a asesinar a cientos de personas inocentes, niños, mujeres, hombres humildes, musulmanes también. En la primera de las matanzas de enero fueron cuatrocientos los muertos. Bajaron de las montañas donde se han hecho fuertes y saquearon dos o tres aldeas, aldeas misérrimas, de aspecto medieval, con tapias torci das y calles llenas de barro. Entraban en las casas, asesinaban a los hombres, a las mujeres, a los niños, y robaban a las muchachas para violaras en sus campamentos, todos con la misma, como explicaba una de ellas, que logró escapar.

Las imágenes que solían sacar en la televisión, cuando no eran los primeros planos de las víctimas, dejaban entrever un país hermosísimo. Salían paisajes intensos y vastos, aldeas perdidas, gentes que vestían largas túnicas y turbantes en la cabeza como lunas crecientes. Las mujeres nos miraban desde un oscuro pozo con ojos a un tiempo brillantes y sombríos, los niños incluso sonreían y los hombres, cuando lograban olvidar la tragedia que estaban viviendo, sonreían también a su modo, con resignación y una insobornable dignidad de patriarcas bíblicos.



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